miércoles, 20 de julio de 2011

Onde estaremos em 1º de agosto?

.
Nosso amigo João Neumann nos chama a atenção para um artigo do jornal El País (España) de 7/7/2011, da lavra de Juan Arias, sobre a apatia (seria essa a palavra?) dos brasileiros diante da roubalheira y otras cositas más. Bem, aqui na palafita há quem deseje invadir os parlamentos com pedaços de pau, para ser quebrado a pau pelos gorilas que guardam as vossas excelências, mas ganhando o noticiário, na tentativa de acordar o povão. A questão que se coloca é onde estão os estudantes, os trabalhadores, os intelectuais? Onde está a chamada sociedade civil? Todos cooptados, como os malditos sindicatos vendidos à má política?
Alguns mineiros querem que o 1º de agosto seja o dia de pararmos tudo, invadirmos praças: a indignação. É só do que a presidente Dilma precisa para poder governar como gostaria. Nossas grandes redes de comunicações noticiarão o movimento? A internet bastará? A ver.

Diz João:

"Recebi hoje um artigo do jornal espanhol El País com um título que me chamou muito a atenção: 'Por que os brasileiros não reagem frente à corrupção de seus políticos?'. A análise, feita pelo jornalista Juan Arias, foi publicada na quinta-feira da semana passada (7), mas seu conteúdo não perdeu em nada a importância. Apesar de ser uma análise de um europeu, ou seja, de um cidadão de um país politicamente desenvolvido e relativamente estável, o mais importante é que é uma visão que aponta para o fato de que, em todo o mundo – em especial na África e no Oriente Médio, mas também na Ásia e em outras regiões -, os jovens e a sociedade estão se levantando contra seus governantes corruptos ou autoritários enquanto que aqui parece que ninguém se incomoda mais.

'Sociólogos se perguntam por quê nesse país, onde a impunidade dos políticos chegou a criar uma verdadeira cultura de que “todos são ladrões” e de que “ninguém vai preso”, não existe o fenômeno, hoje em voga em todo o mundo, do movimento dos indignados'.

Será que os jovens, em especial, não têm motivos para exigir um Brasil não apenas mais rico – ou pelo menos menos pobre -, mais desenvolvido e com maior força internacional, como também um Brasil menos corrupto em suas esferas políticas, mais justo, menos desigual – onde um secretário municipal ganha quase dez vezes mais que um professor e um deputado 100 vezes mais, ou em que um cidadão comum, depois de 30 anos de trabalho, se aposente com R$ 650 (€ 400) e um funcionário público com quase R$ 30.000 (€ 13.000)?

A pergunta é interessante. Segundo constatou o repórter espanhol, dois importantes ministros do governo Dilma Rousseff já caíram – Antonio Palocci, da Casa-Civil, e Alfredo Nascimento, dos Transportes. Um deles, Palocci, era simplesmente o ministro mais poderoso do governo, mas nem isso parece ter afetado minimamente a sociedade. Curiosamente, aponta Juan Arias, a pessoa que mais se irritou e combateu essas denúncias de corrupção até agora foi apenas a presidente Dilma Rousseff, que mostrou-se intolerante com o menor indício de corrupção. O artigo vai além na crítica aos brasileiros:

'As únicas causas que parecem ser capazes de atrair cerca de dois milhões de pessoas às ruas são as dos homossexuais, as dos seguidores das igrejas evangélicas na Marcha para Jesus e as que pedem a legalização da maconha'.

Há quem diga que a apatia dos jovens a serem protagonistas de uma renovação ética no país está ligada a uma propaganda muito bem desenhada que os haveria convencido de que hoje o Brasil é invejado por todo o mundo – e o é, só quem em outros aspectos. Outros atribuem ao fato de que os brasileiros são gente pacífica, pouco dados aos protestos, um povo que gosta de viver feliz com o pouco que tem e que trabalha para viver, mas não vive para trabalhar".

O artigo do Juan Arias:

¿Por qué los brasileños no reaccionan ante la corrupción de sus políticos?


El hecho de que en solo seis meses de Gobierno, la presidenta Dilma Rousseff haya tenido que pedir la dimisión a dos ministros de primera importancia, heredados del gabinete de su antecesor Luiz Inácio Lula da Silva, el de la Casa Civil o Presidencia, Antonio Palocci -una especie de primer ministro- y el de Transportes, Alfredo Nascimento, caídos ambos bajo los escombros de la corrupción política, ha hecho preguntarse a los sociólogos por qué en este país, donde la impunidad de los políticos corruptos ha llegado a crear una verdadera cultura de que "todos son ladrones" y que "nadie va a la cárcel", no exista el fenómeno, hoy en voga en el mundo, del movimiento de los indignados.

¿Es que los brasileños no saben reaccionar frente a la hipocresía y falta de ética de muchos de los que les gobiernan? ¿Es que no les importa que tantos políticos que les representan en el Gobierno, en el Congreso, en los Estados o en los municipios, sean descarados saboteadores del dinero público? se preguntan no pocos analistas y blogueros políticos.

Ni siquiera los jóvenes, trabajadores o estudiantes, han manifestado hasta ahora la más mínima reacción ante la corrupción de quienes les gobiernan. Curiosamente, la más irritada ante el atraco a las arcas públicas del Estado parece ser la presidenta Rousseff, que ha mostrado públicamente su disgusto por el "descontrol" actual en áreas de su Gobierno y ha echado ya literalmente de su Ejecutivo -y se dice que no ha acabado aún la purga- a dos ministros clave, con el agravante de que eran heredados de su sucesor, el popular expresidente Lula da Silva, que le había pedido que los mantuviera en su Gobierno.

La prensa brasileña alude a que Rousseff ha empezado -y el precio que tendrá que pagar será elevado- a deshacerse de una cierta "herencia maldita" de hábitos de corrupción que vienen del pasado. Y la gente de la calle ¿por qué no le hace eco resucitando también aquí el movimiento de los indignados? ¿Por qué no se movilizan las redes sociales? Brasil, que con motivo de la llamada marcha Directas ya (una campaña política llevada a cabo en Brasil durante los años 1984 y 1985 con la cual se reivindicaba el derecho a elegir al presidente del país por voto directo de los electores), se echó a la calle tras la dictadura militar para pedir elecciones, símbolo de la democracia, y también lo hizo para obligar al expresidente Fernando Collor de Mehlo (1990-1992) a dejar la Presidencia de la República ante las acusaciones de corrupción que pesaban sobre él, hoy está mudo ante la corrupción. Las únicas causas capaces de sacar a la calle hasta dos millones de personas son los homosexuales, los seguidores de las iglesias evangélicas en la fiesta de Jesús y los que piden la liberalización de la marihuana.

¿Será que los jóvenes, especialmente, no tienen motivos para exigir un Brasil no solo más rico cada día, o por lo menos menos pobre, más desarrollado, con mayor fuerza internacional, sino también un Brasil menos corrupto en sus esferas políticas, más justo, menos desigual, donde un concejal no gane hasta 10 veces más que un maestro y un diputado 100 veces más, o donde un ciudadano común después de 30 años de trabajo se jubile con 650 reales (400 euros) y un funcionario público con hasta 30.000 reales (13.000 euros).

Brasil será pronto la sexta potencia económica del mundo, pero sigue a la cola en la desigualdad social, en la defensa de los derechos humanos, donde la mujer aún no tiene el derecho de abortar, el paro de las personas de color es de hasta de un 20%, frente al 6% de los blancos, y la policía es una de las que causa más muertes en el mundo.

Hay quien achaca la apatía de los jóvenes a ser protagonistas de una renovación ética en el país, al hecho de que una propaganda bien diseñada les habría convencido de que Brasil es hoy envidiado por medio mundo, y lo es en otros aspectos. O que la salida de la pobreza de 30 millones de ciudadanos les habría hecho creer que todo va bien, sin entender que un ciudadano de clase media europea equivale aún hoy a un rico de aquí.

Otros atribuyen el hecho a que los brasileños son gente pacífica, poco dada a las protestas, a quienes les gusta vivir felices con lo mucho o poco que tienen y que trabajan para vivir en vez de vivir para trabajar. Todo ello es también cierto, pero no explica que en un mundo globalizado, donde hoy se conoce al instante todo lo que ocurre en el planeta, empezando por los movimientos de protesta de millones de jóvenes que piden democracia o la acusan de estar degenerada, los brasileños no luchen para que el país además de ser más rico sea también más justo, menos corrupto, más igualitario y menos violento a todos los niveles.

Ese Brasil que los honestos sueñan dejar como herencia a sus hijos y que - también es cierto - es aún un país donde sus gentes no han perdido el gusto de disfrutar de lo que tienen, sería un lugar aún mejor si surgiera un movimiento de indignados capaz de limpiarlo de las escorias de corrupción que abraza hoy a todas las esferas del poder.

















No hay comentarios.:

Publicar un comentario